21 d’agost de 2011

Never too late...

El pequeño, con una lagrima resbalandole por la mejilla, se levanta del suelo. ¿Quién dejó ese camión de juguete ahí enmedio? Busca a su madre, quien siempre ha estado a su lado para ayudarle a levantarse y enseñarle que el mundo no es tan cruel como parece. Y la encuentra encerrada en la habitación con su padre, gritando, como siempre. La reacción normal de cualquier otro niño habría sido empezar a llorar aún más fuerte para que ellos le prestaran atención, pero no. Él se estira encima del sofá y se tapa las oídos muy muy fuerte. Se imagina un mundo distinto, donde sus padres fueran felices y no tubieran que llorar nunca. Un mundo sin gritos, lleno de amor y chucherías. El que parecían vivir los otros niños del colegio.
Mamá no era tan feliz como las otras madres. ¿Era culpa suya? O, a lo mejor, no le quería... Ella le decía lo contrario. Cada noche al arroparle le decía que todo iría bien.
En cambio, su padre parecía distante continuamente. Estaba con él a ratos, pero no le escuchaba. Solamente asintía con la cabeza. No había oído nunca un te quiero de sus labios, y por este motivo él había parado de decirselo. Esto había provocado muchas discusiones con mamá, porque él decía que ella le comía la cabeza al pequeño diciendo que se irían los dos de allí cuando pudieran.
Sí, era pequeño, pero mucho más maduro que muchos de los niños grandes de la escuela. A veces pensaba como un adulto. Se preguntaba si ellos siempre habían sido infelices. ¿Cuánto tiempo llevaban llorando? Se lo preguntó a su tía y dijo que siempre había sido así, pero que él siempre podía irse con ella si lo necesitaba.
En el colegio veía como su madre cuidaba a todos los niños y le saludaba siempre cuando hacía cosas graciosas. Que guapa era... Tenía claro que de grande quería casarse con una chica tan guapa como ella. Y estarían siempre sonriendo, y mamá les haría la comida.

Mamá acababa de llegar a casa. Dijo que había ido al medico y me enseñó unas fotos muy raras. Decía que era mi nueva hermanita, y que vendría al cabo de unos meses. Que pensara un nombre para ella. Yo le decía que quería que se llamara como ella, y sino Cookie como nuestro perro, pero no le gustó. Se estaba poniendo gorda, pero era igual de guapa. A partir de entonces pasabamos mucho rato estirados en el sofá pensando qué haríamos cuando ella estubiera aquí, y nos reíamos mucho. Me hizo prometer que no se lo diría a papá, que sería nuestro secreto. Le seguí preguntando cuando volvería papá, pero me contestó que hasta dentro de mucho tiempo. Pero que si tenía ganas de verlo podía hacerlo cuando quisiera.
Esa tarde me vino a buscar y fuimos al cine. Me hizo muchas preguntas sobre como estabamos y otras cosas muy raras que no entendía. Quería volver a casa pero él no me dejaba. Mamá me estaba esperando en casa y estaba mala. Mi hermanita debía estar dando muchas patadas y quería estar a su lado. Además, quería que le abrazara y le repitiera que todo iría bien.
Mamá, volvamos a empezar, pero esta vez seamos felices. Por favor, no quiero llorar más ni quiero que tu lo hagas. Papá nunca lo entenderá...